lunes, 17 de octubre de 2016

Cuidar entre todos



En casi todas las familias llega un momento en el que hay que enfrentar el cuidado de algún miembro de la familia, proporcionando asistencia y apoyo diario a aquella persona que, ya sea por enfermedad, por alguna discapacidad o por la edad así lo requiera. 



Esto implica un cambio importante en todo el entorno familiar y en cada uno de sus miembros, que puede prolongarse en el tiempo y que puede afectar seriamente, no solo a la persona que cuida, sino a sus hijos, a su pareja y a su entorno social. Esto requiere de un gran esfuerzo para adaptarse e las nuevas circunstancias, especialmente cuando estas desembocan en una situación de dependencia.

Así las cosas, el reto es conseguir mantener una vida familiar pacífica, saludable y activa, sabiendo pedir ayuda e implicando al entorno en los cuidados.

El propósito de la persona que cuida es, por supuesto, ayudar al otro. Y haciéndolo puede experimentar emociones positivas como la ternura y el afecto de y hacia la persona que recibe los cuidados, la vivencia de nuevos roles en su vida, la satisfacción por la superación de una situación difícil o el aumento del sentido del humor como una herramienta para enfrentar las dificultades.

Sin embargo, también con frecuencia, cuidar conlleva consecuencias físicas y emocionales adversas. La persona que cuida puede experimentar cierto descontrol emocional, vergüenza, estrés, sensación de ineficacia en la toma de decisiones, inseguridad y aislamiento, por supuesto también cansancio físico y mental, incluso miedo a perder al ser querido.

Una situación prolongada de cuidado amenaza la salud física y mental de la persona que asume la responsabilidad de cuidar. Por esto, hay que cuidar bien sí, pero sin renunciar a la propia vida, ni a los proyectos, ni a las cosas que las que se disfrutan, para que esta situación no afecte negativamente a la persona cuidadora y en consecuencia, a la persona cuidada y a su calidad de vida.

Por eso, el cuidado debe ser compartido.

El propósito de implicar a la familia en el cuidado es conseguir el reparto de tareas y reorganizar la vida familiar. Y para conseguir esto habrá que tener en cuenta, qué personas están dispuestas a participar en los cuidados, cuál es el grado de compromiso que cada uno puede asumir teniendo en cuenta sus circunstancias, identificar las capacidades de los miembros de la familia para implicarse en los cuidados  y cuáles son las limitaciones de cada uno para poder prestar ayuda. 

Teniendo en cuenta todo lo anterior habrá que concretar:
-Quién se va a ocupar de qué.
-Cómo se va a hacer cada tarea.
-Cuándo se va a llevar a cabo.

Un buen ambiente familiar es fundamental cuando hay que asumir el cuidado de uno de los miembros. La relación de pareja y la relación con los hijos, con los hermanos y hermanas incluso cuñados y cuñadas es esencial a la hora de contar con la ayuda de personas de confianza con quienes compartir las responsabilidades.

Cuando un miembro de la familia se encuentra en situación de dependencia y es atendido en casa, es muy habitual que sea una mujer de la familia quien asuma la carga de trabajo y la responsabilidad del cuidado, incluso que sea ella misma quien se muestre reacia a compartir esta tarea, no se deja ayudar,  bien por desconfianza respecto a cómo serán los cuidados que proporcionen otras personas, ya que aceptar ayuda implica aceptar el modo como otras personas nos pueden ayudar, o por miedo al reproche social por no cumplir con lo que tradicionalmente se espera de ellas.

En estos casos se hace necesario reflexionar y entender que cuando el cuidado es compartido mejora en calidad (tanto para el cuidador como para la persona en situación de dependencia) y a la vez el grupo familiar se siente mejor.

Al principio, como en casi todo, es normal que haya desacuerdos entre los miembros de la familia respecto cómo organizarse y cómo llevar a cabo las tereas que se requieran.
Las personas que van a asumir los cuidados tendrán que dialogar y negociar lo más serenamente posible, buscando alternativas y soluciones consensuadas, entendiendo la situación y las necesidades de todos. Ni todos tienen la misma disponibilidad para ayudar, ni todos tienen que hacer lo mismo, cada uno puede aportar en la medida de sus posibilidades, habilidades y limitaciones.  Incluso será positivo negociar contraprestaciones que permitan que todos los miembros de la familia sientan que les merece la pena compartir los cuidados.








Cristina Enseñat Forteza-Rey
Psicóloga General Sanitaria
Orientadora Familiar




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