martes, 7 de noviembre de 2017

“Mamá/Papá quiero llegar más tarde…”



“es que mis amigos pueden volver más tarde y si vengo antes tengo que volver sola/o”… “es que es la fiesta de fulanito y todos se quedan hasta más tarde”…”los demás padres les dejan y no quiero ser yo la única que se tenga que marchar, me voy a perder lo mejor”…”te prometo que voy a estudiar muchísimo y te ayudaré a limpiar el coche”, etc, etc.


Antes o después los hijos nos van a plantear esta situación, se hacen mayores y ¿cuál va a ser la mejor manera de enfrentarla?

El camino de guiar a los hijos hacia la vida adulta implica prestarles apoyo, desde el afecto y la cercanía, sin anularles, introduciendo límites y condiciones que les ayuden a entender que el proceso de convertirse en un adulto ocurre con los demás y desde el respeto a los demás y que esto no siempre es compatible con las propia satisfacción inmediata y permanente.

No será adecuado acceder a sus peticiones sin más, dejando que ellos mismos, con ayuda de sus iguales, descubran y decidan, como si fueran adultos.

Tampoco es apropiado prohibir, con el argumento de que como padres se tiene el conocimiento sobre lo que se debe y no se debe hacer y la autoridad para hacer cumplir a los hijos lo que se les diga.

Preste atención a lo que realmente le están pidiendo. Siempre que sea posible evite responder desde sus propios miedos (la noche, la violencia, las drogas y el alcohol, miedo a perder a los hijos, miedo a no ser buenos padres…). Intente no responder de manera impulsiva e inmediata, tampoco, al contrario, hacer como que no ha oído nada. Escuche lo que le están pidiendo y tómese un tiempo para responder.

Intente evaluar con racionalidad la petición, no es lo mismo llegar una hora más tarde que pasar tres días fuera de casa sin saber dónde ni con quién.

Busque el consenso con su pareja antes de responder. Tomen una postura común y apóyense. Procuren no dar respuestas del tipo “por mi sí, pero tu padre no creo que esté de acuerdo…”, esto nos desautoriza y confunde a los hijos que acaban tomando la vía rápida y haciendo aquello que les apetece.

Negocien. Esto les permitirá conseguir algún tipo de acuerdo que les satisfaga a todos. Resignarse a ceder es inconveniente para todos, prohibir incapacita a sus hijos para aprender a conseguir las cosas, negociando les enseña que el propio interés nunca puede invadir o anular el interés de los demás.

Exijan el cumplimiento de los acuerdos. Por las dos partes. Ahí está el verdadero aprendizaje. Si se llega a un acuerdo, este exige su cumplimiento, es una cuestión de responsabilidad y de respeto. Ya no se trata de más o menos tiempo, incumplir un compromiso es una falta de respeto a sí mismo y a los demás. 

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Psicóloga
Orientadora Familiar

martes, 10 de octubre de 2017

¿Te gusta tu pareja?



Con frecuencia llegan a la consulta parejas que viven y experimentan su relación como una verdadera batalla, con todo el dolor y el sufrimiento que ello conlleva. 

Parejas que han perdido el equilibrio, la complicidad, la ilusión, incluso la alegría. En cambio sienten una gran decepción, tristeza, dolor y rabia por la situación en la que se ven.

En muchos casos, cuando les pregunto qué es lo que a pesar de todo les está manteniendo juntos, me contestan que SE QUIEREN. Y acto seguido empieza una cascada de quejas y reproches:

Es un/a vago/a o es demasiado activo/a…

Todo se lo cuenta a su madre o no se habla con la mía…

No hace nada en la casa o es demasiado ordenado/a, obsesivo/a…

Debería buscarse un trabajo mejor…

Nunca quiere tener relaciones o siempre quiere tener relaciones…

Es que pasa de todo o es que todo lo controla…

Piden que la otra persona esté dispuesta a cambiar, a dejar de ser quien es y consiga sentirse cómodo con ello, cosa muy poco probable, ya que la otra persona normalmente se siente bien siendo como es y no piensa que tenga ningún problema, a parte de las continuas exigencias y manipulaciones de su pareja.


En otras palabras no se ACEPTA al otro tal cual es. Y a partir de ahí empiezan las malas caras, las quejas continuas, los reproches, las exigencias de cambio, las discusiones, para hacerle ver a la otra persona que no tiene que ser así o asá, para que cambie.

¿Para que cambie? ¿Para que sea distinto? Y  ¿por qué tendría que ser distinto? ¿Por qué tendría que ser como tú o como tu quieres?

Por un lado manifiestan querer mucho a la otra persona y no quisieran renunciar a ella, pero algunos rasgos de su forma de ser no les gustan, incluso no los soportan. Y el mensaje es: “te quiero mucho, pero no te permito que seas como eres”.

“Y si tanto te disgusta tal como es…¿por qué no lo sueltas y buscas a alguien que sea como tú quieres?” y volvemos al principio “porqué le/a quiero”.

“Querer” los rasgos que nos gustan o admiramos en nuestra pareja, es muy fácil. Son probablemente las cualidades por las que elegimos a esa persona y no a otra, como pareja. Pero querer a alguien va más allá.

La evolución de la relación y el ejercicio del amor dependen de nuestra capacidad para aceptar en la otra persona, los rasgos que menos nos gustan, comprenderlos e incluso llegar a quererlos.



ACEPTAR a tu pareja significa que la miras y la aprecias como una persona valiosa. Que te agrada como es y que RESPETAS su derecho a ser distinto a ti. Que no te ofende que perciba las cosas de manera diferente. Que aceptas sus opiniones y actitudes aun cuando no coincidan con los tuyos, sin sentirte mal por ello.

Para conseguir estar tranquilos y en paz en la relación es necesario ser honesto con uno mismo y reconocer que se tiene un problema. Es más fácil mirar hacia otro lado o culpar al otro, que mirar hacia adentro y proponerse, de manera consiente, aceptar a la persona con sus virtudes y defectos. Y dejar de pensar que podemos mejorar, educar o cambiar a la pareja, sólo por qué es nuestra pareja, eso no es amor, es otra cosa.

Ahora yo te pregunto ¿te gusta tu pareja?

Seguramente tu primera respuesta sea que sí, pero si te paras a pensar podrás hacer una lista más o menos larga de cosas que no te gustan.

Ahora te pregunto ¿y la aceptas con todas esas cosas que no te gustan?

¿Sí? Enhorabuena!!

¿Y si te lo pregunto de otro modo?

¿Te quejas con frecuencia por lo que hace o no hace? Puede ser que no te quejes por no discutir, pero ¿te molesta? 

¿Piensas que estás tragando un montón de cosas que te hacen sentir mal? ¿Piensas que tu pareja debería darse cuenta del malestar y la ansiedad que te genera eso que hace o que no hace?

Entonces: Houston tenemos un problema…

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Psicóloga 
Orientadora Familiar

martes, 19 de septiembre de 2017

¿Cómo deben intervenir los padres en los conflictos entre hermanos ?



Los hermanos, junto con los padres, nos acompañan en nuestro desarrollo y determinan en gran parte nuestra manera de relacionarnos con los demás, ya que es en la infancia y especialmente en nuestra relación con los hermanos cuando aprendemos a convivir.

Los hermanos son probablemente quienes nos van a acompañar por más tiempo, a lo largo de nuestra vida. Con ellos compartimos la infancia, la adolescencia, parte de la edad adulta e incluso la vejez. 

Son, en realidad, una fuente constante de aprendizaje. Con ellos aprendemos a compartir; a jugar; a luchar; a resolver o a no resolver los conflictos; a dar y recibir apoyo; a entender los puntos de vista del otro, sus emociones, pensamientos e intenciones,  en contraposición a los propios; a ejercer poder y a escapar de él; y a gestionar rivalidades y celos de manera socialmente aceptable.


La relación de los hermanos a lo largo de su vida, está muy influenciada por la relación que tengan los padres entre sí y con ellos. 


Algunos hermanos se llevan bien y son, en general una fuente de compañía y apoyo emocional y material cercana y amorosa. Y otros, tienen una relación mucho más difícil o problemática, incluso agresiva en alguna ocasión. 

Estas dificultades en las relaciones entre hermanos se hacen complicadas para los padres por la fuerte carga emocional que suelen conllevar estos conflictos, convirtiéndose en una fuente de preocupación.

No todos los padres tienen la misma capacidad para tolerar las peleas o conflictos entre sus hijos. Unos intervienen a la primera señal de tensión, otros cuando ya se escuchan gritos y algunos no intervienen hasta que hay un episodio de violencia física.

Lo complicado es acertar, qué hacer y en qué momento.



Por un lado, tomar la iniciativa y resolver el problema, puede impedir que los niños tengan la ocasión de desarrollar estrategias de resolución de conflictos por ellos mismos y acabar empeorando la situación.

Por otro lado, intervenir puede ayudar a disminuir la intensidad de los enfrentamientos y a lograr soluciones más constructivas, imprescindibles para el aprendizaje de cómo llevarse bien con los demás.

¿Cómo, entonces, deben intervenir los padres?

Evitando emitir un juicio sobre la situación.

Estructurando el proceso de negociación

Mediando


Dejando en manos de los propios niños la solución final de cada situación.


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Psicóloga General Sanitaria
Orientadora Familiar




martes, 18 de abril de 2017

Resolver conflictos con los hijos adultos




Actualmente no es extraño que personas que habiendo alcanzado ya la edad adulta, por motivos sociales y económicos,  continúen conviviendo con sus padres y también con sus hermanos.

Algunas veces son personas que trabajan y tienen ingresos, otras veces siguen estudiando y no disponen de ingresos estables. Unos no se plantean independizarse, a otros les gustaría hacerlo, pero no lo hacen por falta de medios. Y otros, después de haberse independizado, regresan al hogar de sus padres por alguna circunstancia personal, como la falta de empleo o un divorcio. 

La relación entre padres e hijos empieza incluso antes de nacer, cuando los padres preparan el mejor ambiente para la llegada de su bebé con todo su amor. Es un largo camino de atención y cuidados que poco a poco se irá transformando, a medida que el niño vaya creciendo. 

Los padres tendrán que ser capaces de adaptarse a los cambios que tendrán lugar en su vida a medida que los hijos vayan adquiriendo autonomía, adaptando los cuidados, la comunicación y la convivencia, a las necesidades de cada momento, desde la total dependencia del recién nacido a la independencia que como  adultos van a alcanzar, y obtener en el proceso las habilidades y herramientas que les permitirán enfrentar los posibles conflictos. 

En el desarrollo de la vida familiar habrá momentos de crisis, momentos de gran intensidad emocional, urgentes de resolver y muy preocupantes, que son inevitables y que, al mismo tiempo, son necesarios para que cambien las relaciones en el seno de la familia y se ajusten a las distintas necesidades de cada situación.

La convivencia entre adultos puede entenderse como una convivencia entre iguales, sin embargo  siendo todos adultos la manera de relacionarse no es equiparable a la que se pueda mantener con otros adultos, ya que los padres nunca dejan de ejercer como padres, especialmente cuando siguen siendo proveedores y hay que tener en cuenta la historia y la relación familiar previa. 

Pueden surgir fácilmente conflictos por el derecho a tomar decisiones, por la organización de las responsabilidades diarias, por motivos económicos, por tener proyectos contradictorios, o cuando los hijos no responden a las expectativas paternas o a la inversa, en realidad en cualquier situación que tenga que ver con  las obligaciones y derechos de cada uno, con encontrar el equilibrio entre autonomía y dependencia.
 
Estas situaciones obligan a todos a buscar nuevas maneras de afrontar las circunstancias que generan problemas en la convivencia, con grandes dosis de cariño, respeto y comunicación.

Para facilitar la solución de los conflictos de la convivencia entre adultos no hay recetas. En general conviene continuar haciendo todo aquello que sabemos que funciona, dejar de hacer las cosas que no dan resultado y buscar otras formas de gestionar las situaciones conflictivas que ocurran con frecuencia

Esto será más sencillo si se plantean las situaciones que resultan conflictivas de la manera más objetiva y concreta posible, intentando poner el foco en lo que se prefiere que ocurra y no tanto en el problema, intentando plantear varias alternativas para solucionar el problema y pedir a los demás implicados que aporten a su vez sus propuestas, buscando entre todos llegar a algún tipo de consenso.

  
Esto va a requerir mucha flexibilidad por ambas partes, flexibilidad tanto en la manera de entender la relación, como a la hora de buscar alternativas, acuerdos y compromisos que permitan solucionar los conflictos en la convivencia., prevenir futuros conflictos y mejorar la relación de padres e hijos.

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Psicóloga General Sanitaria
Orientadora Familiar

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